Estrategia país para el comercio internacional del futuro

Dos procesos simultáneos y conectados entre sí se observan hoy a escala global. Uno es el de la actual crisis financiera y económica, el otro es el de los desplazamientos del poder relativo entre las naciones.


Muchas son las cualidades sociales, políticas y económicas que se requieren para que un país pueda encarar ambos procesos simultáneamente. Pero tres pueden resaltarse como condiciones esenciales de una estrategia-país. Ellas son: calidad institucional, estrategias ofensivas de sus empresas con vocación de participación activa en los mercados internacionales, y coordinación de esfuerzos a escala de la respectiva región. En el plano de la coordinación regional, tres frentes de acción aparecen como más relevantes para la Argentina, al menos para los próximos meses. Ellos son: la próxima Conferencia Ministerial de la OMC a fines de este año; el relanzamiento y eventual conclusión de la Rueda Doha, y el fortalecimiento de los espacios institucionales existentes en la región, especialmente el Mercosur, la ALADI y la UNASUR, señala Félix Peña (*) en su último trabajo.

Dos procesos simultáneos se observan hoy a escala global. Ambos tienen efectos actuales y potenciales, tanto en el intercambio mundial de bienes y de servicios como en las negociaciones comerciales internacionales, especialmente en la actual Rueda Doha en la OMC.

Si bien son dos procesos conectados entre sí, parecen requerir diagnósticos y abordajes que pueden tener aspectos diferenciados pero que, en todo caso, conviene que sean coordinados. Es lo que se expresa con la afirmación que se suele escuchar en estos tiempos, en el sentido de que es fundamental que los países tengan, a la vez, una agenda de crisis y una referida al “día después”, es decir, para cuando los efectos más inmediatos de la actual situación hayan sido superados y queden en plena evidencia los de la transformación profunda que se está operando en el sistema internacional.

Uno de estos procesos, es el de la actual crisis financiera y económica con las conocidas consecuencias, entre otros, en los niveles de producción y consumo, y en los del comercio internacional de bienes y de servicios. La caída de la actividad económica impacta en el nivel de empleo y en el estado anímico de las poblaciones, transmitiendo los efectos de la crisis al plano social y político. Según sea la intensidad de tales efectos, una crisis internacional puede generar problemas sistémicos que afecten la estabilidad política de los países más vulnerables. Ello a su vez puede tener efectos en cadena sobre otros países, especialmente de la misma región.

Se trata de un proceso con efectos inmediatos muy visibles y con fuerte requerimientos de respuestas en el corto plazo – especialmente en el plano nacional, pero también en el de la coordinación entre países a nivel global y regional -, precisamente por sus potenciales consecuencias sociales y políticas.

El otro proceso es el de los desplazamientos del poder relativo entre las naciones. Tiene raíces muy profundas. Se nutre en la historia larga. Es un fenómeno que se ha acelerado en los últimos veinte años. Se refleja en el surgimiento de nuevos protagonistas – países, empresas, consumidores, trabajadores – con gravitación en la competencia económica global, y también en las negociaciones comerciales internacionales. Pero sus plenos efectos probablemente sólo se observarán en un largo plazo, a veces a través de movimientos poco perceptibles, casi de cámara lenta.

Muchas son las cualidades sociales, políticas y económicas que se requieren para que un país pueda encarar ambos procesos simultáneamente si es que así lo intentare. Esto es, para que pueda navegar con relativo éxito la actual crisis financiera y económica global y, a la vez, posicionarse para ser un protagonista activo en el comercio mundial del futuro así como en las negociaciones comerciales internacionales, tanto en la OMC como en los múltiples espacios regionales, inter-regionales y bilaterales.

Tres pueden resaltarse como condiciones esenciales de la estrategia de un país, como por ejemplo la Argentina, que aspire a aprovechar los efectos de ambos procesos a fin de potenciar una inserción favorable en la competencia económica global del futuro.

Ellas son la calidad institucional, las estrategias ofensivas de sus empresas resultantes de una vocación de participación activa en los mercados internacionales, y la coordinación de esfuerzos con otros países a escala de la respectiva región.

La calidad institucional implica desarrollar capacidades para articular en forma estable los distintos intereses sociales, a fin de poder luego traducir objetivos acordados en realidades y comportamientos efectivos. Es una condición esencial a fin de generar sinergias público-privadas. Ellas son necesarias para definir los intereses nacionales ante las cuestiones más relevantes de la agenda de la inserción comercial internacional, traducirlos en estrategias y hojas de ruta, y reflejarlos en comportamientos que los sectores gubernamentales y no gubernamentales – especialmente, el empresariado – tengan en los múltiples escenarios externos en los que opera el respectivo país.

En la competencia económica global y en el comercio internacional, tal calidad institucional se nutre de la eficacia de las tecnologías organizativas empleadas en el plano gubernamental a fin de permitir adoptar y aplicar estrategias, decisiones, y políticas públicas, que posean un fuerte potencial para penetrar en la realidad y para ser sustentables a través del tiempo, incluyendo las flexibilidades necesarias para continuas adaptaciones a la dinámica de cambio del mundo actual.

Pero también se nutre de la calidad de la organización del sector empresario y de su articulación con los otros sectores sociales. Ello implica empresas con intereses estratégicos ofensivos tanto en relación al mercado interno como a los múltiples mercados internacionales, especialmente aquellos que son prioritarios en función de las ventajas competitivas que puede desarrollar un país. Relevar tales intereses es un factor fundamental a la hora de trazar y llevar a la práctica la estrategia de inserción comercial internacional de un país. El informe que en el 2007 publicara la Confederación Nacional de la Industria (CNI) en el Brasil es un ejemplo al respecto (ver www.cni.org.br). Es un ejercicio que también requiere de continuas adaptaciones a los cambios que se producen. Ello excluye operar con la aptitud mental de cazadores de blancos fijos.

La otra condición es precisamente tener estrategias ofensivas de sus empresas que resulten de una vocación de participación activa en los mercados internacionales. Implica diagnósticos actualizados sobre las oportunidades que se le ofrecen a la capacidad de producir bienes y de prestar servicios del respectivo país en los distintos mercados internacionales. Y tienen que ser permanentemente renovados ya que los efectos de la actual crisis global como de los cambios estructurales que se están operando en los escenarios mundiales, pueden alterar en forma muy dinámica las oportunidades que existen para las empresas que operan en el país, desplazando sea a su favor o en contra sus ventajas competitivas relativas.

Pero tal vocación requiere asimismo una actitud optimista sobre las oportunidades que tienen el país y sus empresas en los mercados mundiales. En lenguaje deportivo implica operar con mentalidad ganadora. Es éste un factor cultural que está presente en los países en desarrollo que en los últimos años han dado origen a un número creciente de empresas internacionalizadas. Por no ser precisamente una de las economías emergentes de mayor dimensión, el ejemplo de Chile y de muchas de sus empresas es interesante al respecto.

Y la tercera condición es la de coordinación de esfuerzos con países con los que se comparte una región – pero también con aquellos con los cuáles se comparten condiciones relativas e intereses similares como es el caso, por ejemplo, de los países productores de alimentos -.

En el plano regional sudamericano, ello implica el impulso de un proceso continuo de desarrollo de una conectividad física de calidad (que abarca cuestiones como las del financiamiento de proyectos de infraestructura física - incluyendo los ejes trans-oceánicos - y la facilitación del comercio), que sea favorable a un tejido creciente de intereses compartidos que se alimente de corrientes comerciales recíprocas y de redes productivas transnacionales (que incluye cuestiones vinculadas a la aplicación al nivel regional de programas de ayuda al comercio, especialmente a favor de las economías de menor desarrollo). En la inversión que se requiere para ello, un país puede encontrar elementos de convergencia entre la agenda de medidas destinadas a superar efectos de la crisis global, con la de la transformación productiva necesaria para navegar con éxito hacia el mundo del futuro.

Implica por lo demás, una mayor coordinación entre los países sudamericanos, tanto en los respectivos diagnósticos sobre los dos procesos antes mencionados, como en las estrategias para abordar las negociaciones comerciales internacionales, especialmente en el ámbito de la OMC y con los principales protagonistas del comercio mundial. Las relaciones con los Estados Unidos, con los países de la Unión Europea y con las economías emergentes – en particular con China - ocupan en tal sentido un lugar prioritario.

Ello también es válido para las negociaciones relacionadas con las adaptaciones de organismos internacionales multilaterales a la nueva realidad internacional, especialmente en el ámbito del denominado Grupo de los 20 (la próxima Cumbre a realizarse en Pittsburg, EEUU, será una oportunidad para que los países latinoamericanos que participan puedan efectivamente reflejar puntos de vista de la región en su conjunto – o al menos de la respectiva sub-región -, es decir, que hayan sido previamente debatidos en foros regionales).

En este plano de la coordinación regional, tres frentes de acción aparecen como más relevantes para la Argentina, al menos para los próximos meses. Ellos son: el de la VIIa Conferencia Ministerial de la OMC, los días 30 de noviembre y 2 de diciembre ; el del relanzamiento y eventual conclusión de la Rueda Doha. (En su reunión de L’Aquila, Italia, este mes de julio, los países del G8 reunidos con los del G5 – Brasil, China, India, México y Sudáfrica – se comprometieron a concluir la Rueda Doha antes de fines del 2010. Una mini-ministerial tendrá lugar en Nueva Delhi en el próximo mes de septiembre); y el del fortalecimiento de los espacios institucionales existentes en la región, especialmente la ALADI, la UNASUR (su convenio constitutivo aún no ha entrado en vigencia) y el Mercosur (no se prevén novedades en la próxima Cumbre a realizarse en Asunción el 23 de julio, con respecto a las cuestiones pendientes relacionadas con el funcionamiento de la unión aduanera; sigue pendiente la aprobación del Protocolo de Caracas en los Parlamentos del Brasil y del Paraguay y, sobre todo, sigue sin concluirse la negociación sobre la incorporación de Venezuela a la unión aduanera, en la que sobresalen como cuestiones centrales a definir los requerimientos venezolanos en torno a lo se consideran productos sensibles y que, por lo tanto, deberían contar con plazos más amplios para su adaptación final a la unión aduanera).


Texto completo en www.felixpena.com.ar  


(*) Director del Instituto de Comercio Internacional de la Fundación Standard Bank, y del Módulo Jean Monnet y del Núcleo Interdisciplinario de Estudios Internacionales de la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF). Miembro del Comité Ejecutivo del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI). Miembro del Brains Trust del Evian Group.

Félix Peña